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Quizá había tiempo: el Festival dejó de escribirse

Quizá había tiempo para tomarnos el tiempo.

 

Es la madrugada del 11 de febrero y está por terminar la 58° edición del Festival de Peñas de Villa María. En las redes y en los portales de noticias y en los estados de WhatsApp hay —como cada noche desde hace cuatro noches— muchos videos y pocas fotografías y algún texto breve, algo parecido a un listado que menciona el horario en el que subió el primer artista y las canciones más conocidas que cantó y las declaraciones que hizo en conferencia de prensa y quién es el próximo en subir al escenario. Hay un inventario, un recuento, apuntes que dejan constancia de un Anfiteatro encendido y colmado, de madrugadas conmovedoras, vibrantes, intensas, de pasión y emoción, con artistas únicos.

Hay un supuesto: que la escritura es el modo más pobre de contar el mundo porque no muestra ni es inmediata ni genera la sensación de verosimilitud como, sí la generan, supuestamente, las imágenes. Sin embargo, eso que parece debilitarla es, en realidad, lo que la fortalece. Con la palabra se construye, se evoca, se sugiere.

Sé lo que quieren decir frases como «Anfiteatro encendido y colmado» o «madrugadas conmovedoras». Aunque no haya estado dentro del Anfiteatro ni despierto durante la madrugada puedo entender, intuirlo, imaginarlo. Pero sé, al mismo tiempo, que al leer esas frases se vacían, se pierden, desaparecen. Lo sé porque este festival, desde hace tanto, está siendo contado de la misma manera —con los mismos adjetivos— como si cada noche y cada público y cada artista fueran lo mismo. Lo sé porque somos tantos lo que estamos mirando lo mismo y de la misma manera.

Sé, en cambio, que podríamos estar mirando otras cosas. Sé que podríamos estar preguntando por qué de veintisiete artistas solo hay cinco mujeres. Sé que podríamos pensar por qué una jarra de fernet cuesta tres mil pesos más cuando los que cantan son cuarteteros. Sé que podríamos hablar del festival y de la “esencia” folklórica que dicen que tiene y mantiene —¿mantiene?—. Sé, además, que podríamos no preguntarnos nada de esto, pero podríamos evitar decir «Anfiteatro encendido y colmado» y hacer que se encienda y se colme. Sé, incluso, que se puede producir una madrugada conmovedora y sé que se puede construir la intensidad, la euforia, la fiesta porque sé que es posible escribir, por ejemplo, «Yo no sabía que podía moverme así, que podía gritar así, que podía no sentir vergüenza así. Yo no sabía que podía tomar estas cantidades de cerveza, no sabía que podía mantenerme despierto así, no sabía que podía gustarme tanto esta canción que, de todos modos, diré mañana que no me gusta». Sé que esto es cierto: “El texto que usted escribe debe probarme que me desea”. Y sé, que para eso, hay que pensar la palabra más cercana, más vital, más nítida: la que diga de la manera más precisa aquello que queremos decir. 

 

Y, yo, estoy tratando de decir esto: que el festival dejó de escribirse.

 

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