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Nosotros, los devotos

Argentina venció a Austria 2 a 0 con goles de Messi y clasificó a 16avos de final del Mundial. En este texto te contamos cómo se vivió el segundo partido de la Selección en otro bar de Villa María.

Hay banderas argentinas. Hay una Copa del Mundo. Hay botellas vacías de cerveza. Hay fraperas. Hay una pelota de este mundial. Hay televisores viejos. Hay un Philco de los años ochenta. Y hay unos pocos cuadros con fotos, donde está esa foto, la de Diego Maradona en la final del Mundial 1986, contra Alemania. Está él, ahí, suspendido y libre, como un caballo corriendo veloz, con el cuerpo adiestrado, con el muslo derecho elevado y la pelota bajo control, precioso, entero, salvaje. Aquel Maradona, y lo demás, rodea a la pantalla, la del único televisor que muestra lo que importa. Argentina enfrenta a Austria. Es lunes 22 de junio, la selección nacional juega otra vez por fase de grupos y acá estamos, en este bar llamado Mar Gut, por hoy nuestra pequeña capilla, devotos.

 

—No importa, no importa —dice un hombre.

Messi acaba de fallar un penal y él ha dicho en voz alta que no importa porque tal vez es cierto: no importa.

—No hay que desconcentrarse —aporta otro y también, tal vez, sea cierto.

El partido continúa y es un partido no muy claro, incierto, que distrae. En el bar nos guía la voz del hombre que lo relata. Cuando esa voz crece, algunos dejan los celulares o levantan la cara del plato en el que están comiendo y atienden. Si no, siguen con el celular, con las milanesas, con el análisis del penal que Messi falló. Y, cuando faltan unos diez minutos para que termine el primer tiempo, el que falló no falla. Tras un centro y una delicia de Thiago Almada —que deja pasar la pelota entre las piernas—Messi abre el pie, de primera, y convierte y acá, en el bar, algo se descomprime. Termina el primer tiempo y muchos salen a fumar.

 

Eso que se descomprimió, ahora, en el segundo tiempo desaparece. Un gol es un mensaje incierto, vago. Puede ser un problema. Quedan cuarenta y cinco minutos y son cuarenta y cinco minutos lentos, de a ratos inseguros. Sin embargo, cuando ya se acaba el partido, en un caos de rebotes, Messi falla una vez, pero insiste y convierte el segundo. Su segundo. Su quinto en dos partidos. Algunos, acá, se ponen de pie. Gritan. Aplauden. Se abrazan. Algunos se van apenas termina el partido y algunos estiran esto que ha pasado, esta alegría, este cuento que nos seguimos creyendo, en el que seguiremos creyendo, devotos.   

 

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