“Me sigo sintiendo muerta”
Él, que en este momento puede mirarla —mirarla—, no la mira. Son alrededor de las once y media de la mañana del martes 21 de abril de 2026 y ambos están en la Cámara del Crimen. En ese cuadrado del quinto piso de los Tribunales de Villa María, él va a ser juzgado por abuso sexual con acceso carnal agravado por el grave daño en la salud mental. La audiencia durará algo más de tres horas y él, Alberto Rafael Cantón, albañil y trabajador de un cortadero de ladrillos, nacido en Villa María, de cuarentaiún años y apodado “Petete”, mantendrá la cabeza gacha. Ella, treinta y tres años, víctima testigo y querellante, pondrá una de las manos sobre la frente, para tampoco mirarlo. Ella, que escribió un texto y tiene previsto leerlo, no puede sacarlo, no puede leerlo, no puede decirlo. Ha pasado más de un año y medio. Siente asco.
Cuando él confiese, momento en el que ella no estará dentro de la sala, dirá que está arrepentido, que no le alcanzará la vida para pedir perdón.
El fiscal de Cámara, Francisco Márquez, pide doce años de prisión. La abogada Florencia Vottero, en representación de la víctima, pide quince. El abogado del acusado, Joaquín González, pide seis años porque considera que fue un abuso sexual con acceso carnal, que no hubo daño en la salud mental.
Un rato antes de las tres de la tarde, la jueza Edith Lezama de Pereyra decide que Cantón, que ha llorado toda la audiencia, es culpable de la violación y de otros once delitos —como robo, encubrimiento, abigeato calificado—, lo condena a doce años de prisión efectiva y exige que haga tratamiento porque, además, es adicto al alcohol y la cocaína.
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Hace más de un año y medio era lunes 5 de agosto, 2024 y ella estaba haciendo lo que hacía todos los días, cada vez que podía. Eran las seis y media de la tarde y caminaba por avenida Jauretche, hacía el trayecto entre bulevar España y ruta 9. Caminaba cuando, en ese camino, Cantón, al que no vio venir, se le pegó, le apoyó algo a la altura de las costillas y le dijo que hiciera lo que él le dijera, que si no la acuchillaba, que no lo mirara. La llevó hasta calle Ángel Benito Cámpora y la metió a un baldío, cerca del Campus de la Universidad Nacional de Villa María. Ella le ofreció el celular, dinero. Él le pidió que se calle. Ella, a la que había tirado al piso, intentó resistirse.
Cuando él se fue, cuando ya no lo vio, ella corrió. Cuando vio autos, los quiso frenar y los conductores no frenaron. Frenó, en cambio, una pareja de ciclistas. Ella se arrojó a la calle, uno de los ciclistas avisó a la Policía y los policías llegaron a las siete y media de esa tarde de invierno. Todavía no había oscurecido del todo.
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Ese 5 de agosto de 2024 tuvo que declarar.
—Es terrible. Con la ropa que tenía en ese momento. No te dejan ir.
Al día siguiente siguió declarando. Declaró en el hospital, en la Policía, en Fiscalía, con psicólogos. Contó seis veces su historia en diferentes lugares, ante diferentes personas.
—Creo que, a lo mejor, es una de las formas para poder llevar adelante todo esto y creo que ha servido.
Ha servido: policías detuvieron a Cantón tres días después, el 8 de agosto, en barrio La Calera.
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Un mes después del abuso, ella no podía dormir. No quería dormir.
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Un mes después del abuso, la víctima fue entrevistada por una periodista. Le dijo: “Me siento muerta”. Esa vez, al presentarse, eligió hacerlo como “Amalia”. No sabe por qué eligió ese nombre para sí misma.
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Ahora es viernes 24 de abril de 2026. Pasaron apenas unos días del juicio. Son casi seis y media de la tarde y ella se conecta a un meet desde su casa.
—Me sigo sintiendo muerta —es una de las primeras cosas que dice.
Está sentada en lo que parece el comedor de su casa y parece estar sola, pero no.
—Me cambió la vida. Yo era una persona totalmente independiente.
Independiente significa que le gusta estar sola, que lo disfruta. Sin embargo, ya no puede. De hecho, mientras habla, dice que hay más gente.
—Están ahí afuera. Hay gente que no me deja ni dos minutos sola.
Ella entiende que, al menos durante un tiempo —¿cuánto tiempo?—, deberá ser así.
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Cuando recuerda aquel día, habla del momento en que llegaron los policías. Eran un varón y una mujer, jóvenes. Le dijeron que se quedara tranquila, que tenía el apoyo de todos, que lo iban a encontrar al hombre. Pero, para que eso pasara —le dijeron— tenían que trabajar rápido. Le pidieron que se suba al móvil y ella, que estaba en shock, les dijo que no. El hombre estaba suelto y ella pensaba en que él regresaría, que la buscaría, que la mataría.
—Entonces quería venir a mi casa, me quería venir a encerrar, a ocultarme —sigue.
Ella se acuerda que los policías le hablaron durante un rato, bastante, hasta que lograron que se suba al auto y la llevaron al Hospital Pasteur, donde la asistieron, donde se hizo durante unos seis meses estudios, análisis. Ella se acuerda, aparte, de quienes la ayudaron en el Polo de la Mujer y de su psicóloga, Florencia Artuso, a quien le agradece.
Ella quiere seguir hablando de todo esto: de la gente que tuvo al lado.
—Un acompañamiento que nunca me hubiera imaginado. Siempre, creo, uno se piensa que te van a dar la espalda, que te van a juzgar. El trato del personal del hospital fue excepcional.
La fiscal del Segundo Turno, Juliana Companys, dirigió la investigación.
—Fue una de las personas que más fuerza me dio, en ponerse totalmente de mi lado, en agarrarme la mano, en abrazarme, en tratar de sostenerme.
Ella sigue hablando de esto para decir que sirve denunciar.
—Desde el corazón deseo que nunca más nadie pase por algo así —dice y hace una pausa—. Si a alguna le pasa, sepan que hay apoyo —sigue diciendo—. Es tan feo que ni siquiera se lo deseo a él.
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Aquel día de agosto es cada día, aquel día son los siguientes, aquel día es el del juicio: es el miedo que sintió al tener que verlo otra vez.
—Fue desgarrador. Un horror. Yo lo vivo siempre a todo. A lo mejor tengo un día de lucidez. Pero no me olvido.
No se olvida de él, ni de su perfume, ni de las manos del hombre encima.
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—Me mató. Me arruinó de por vida. Si me consultás, para mí la única pena es la muerte —dice.
Luego dice que, de todos modos, está conforme con la pena de doce años porque Cantón, si bien tenía causas abiertas, no tenía condenas previas.
—Raro que yo haya sido la primera y la única hasta ahora a la que le haya sucedido.
Después dice, otra vez, que sí, que está conforme, que ve diferencias con otros casos en los que abusadores de niños reciben penas de seis años, por ejemplo. Pero, a la vez, repite que la única condena es la muerte.
—Ni siquiera me conformaría una cadena perpetua porque sigue estando vivo, sigue estando ahí. Y yo en vilo: si se escapa, si no, qué sé yo qué puede llegar a hacer desde adentro.
***
Ella sale, a lo sumo, a un quiosco a una cuadra de la casa. Y camina alerta, mirando hacia todas partes.
—Si escucho pasos detrás, mi cuerpo no se acostumbra. Todavía siento como que, en dos segundos, me van a estar encima.
No se acostumbra, tampoco, al sonido de un cinto.
—Y el perfume. Él estaba lleno de perfume.
Ella tiene uno propio, pequeño, que se coloca en la nariz para no sentir los de los demás.
***
No hay más caminatas todos los días. Ni sábados, ni domingos, ni bajo el sol ni bajo una llovizna. No hay más aire en la cara, no hay olores, no hay roce con el césped.
—Iba y me frenaba allá con los caballos, porque me encantan. Lo que más deseo es volver a sentir el aire en la cara como se siente cuando caminás —dice.
Tampoco hay costanera ni río.
Ahora, además del trabajo y de sus tratamientos, solo hay días en los que se viste con ropa de gimnasia e intenta subirse a una cinta en su casa. A veces, a pesar de vestirse, no puede. A veces, sí.
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