Le robaron la moto y pagó para recuperarla sin intervención de la Policía
Ella, diecinueve años, llegó en moto a la panadería donde trabaja, en calle Salta 1600, en barrio Ameghino. A la moto, una Keller de 110 cilindradas que compró hace poco más de un año, la estacionó donde lo hace todos los días, a un costado del local, frente al portón de ingreso de un complejo de departamentos. Otras veces, las menos, cuando ese portón está abierto, mete la moto al fondo. Esta vez la dejó afuera, en primera, trabó el volante y no más. Eran las cuatro de la tarde del lunes 23 de febrero y entró a trabajar. A eso de las seis, le dio la llave a una amiga que había pasado a visitarla para que vaya a hacer unas compras. Cuando la amiga salió, vio que no estaba la moto y le avisó. Ella llamó a su patrón porque él suele entrársela al complejo. Él tampoco la había movido.
Cuando terminó con su turno en la panadería, a eso de las ocho y media, su madre la pasó a buscar y, junto con la amiga, fueron todas a la comisaría, en el centro de Villa María, en calle General Paz casi esquina San Juan. Llegaron, tomaron asiento, esperaron. Había policías sacándole fotos a ropa. Pasó una hora. Pasó una más. Pasó otra media hora.
—¿Nos van a atender? —preguntó cuando una mujer abrió una de las puertas para entregarle papeles a un policía.
La mujer le respondió que no, que estaban con un “tema judicial”, que volvieran al día siguiente, por la mañana. Al día siguiente ella, que ya por la madrugada se había enterado por un amigo que estaban ofreciendo la moto a sesenta mil pesos en barrio Los Olmos, volvió a la comisaría y esperó solo media hora: sintió que estaba perdiendo el tiempo.
De ahí, entonces, fue al barrio Ameghino, a la cuadra de la panadería y empezó a buscar casas con cámaras de seguridad. Encontró una, donde la atendió una mujer que estaba con su nieta. La nieta le mostró las imágenes. El video muestra a un chico, joven, de unos diecisiete, dieciocho años, al que no puede verle la cara. Él lleva la moto a tiro por la vereda y dobla en la primera esquina, en contramano. En ese momento, mientras mira las imágenes, ella revisa también el horario: eran las cinco y media de la tarde cuando el chico se iba con la moto.
Ese martes, después de un rato, tuvo noticias. A eso de las siete de la tarde, un amigo le avisó que en barrio La Calera había dos motos Keller y que estaban cambiándoles los plásticos. Ella llamó a su padrastro y le pidió que la pase a buscar en la chata. Tipo ocho llegaron a La Calera.
A una cuadra de la plaza del barrio había un grupo de chicos. Eran unos siete. El padrastro empezó a hablar con ellos y, mientras hablaba, a pocos metros vio la moto. Se acercó y estacionó al lado. La miró.
—Sí, es tu moto —le dijo.
Ella se alborotó, bajó de la chata y se quedó mirándola, llorando. En ese momento apareció uno de los chicos del grupo, corriendo, se subió a la moto y escapó. Ella se subió a la chata e intentaron seguirlos. Los perdieron.
Volvió a su casa, cenó. A las once de la noche, ella recibió otro mensaje de su amigo. Él le dijo que, quien la tenía, «quería hacer negocios». Le pidieron doscientos mil pesos y le aseguraron que se la iban a devolver con la tarjeta verde, guardada en el baúl. Ella aceptó el acuerdo, pero con la condición de que se la entreguen con los plásticos originales. Después, el amigo le dijo lo último que supo: que a la una de la mañana lo iban a llamar para coordinar.
A la una lo llamaron y le dijeron que fueran hasta el barrio Palermo, en la Costanera. Ella no fue: solo fueron la madre y el padrastro, acompañados por el amigo. Cuando llegaron, los mandaron a otro sector del mismo barrio. Y ahí los estaba esperando un chico, de pie, con la moto al lado.
—La plata. Ahí está la moto. Arranca con una patada —les dijo.
El padrastro se quedó mirando la moto, que no tenía los plásticos.
—La moto está como está, ustedes se arreglan. Me das la plata y te vas —siguió el chico.
El padrastro corroboró el número de chasis. Se subió y la llevó de regreso.
Era de madrugada cuando ella la tuvo otra vez. Se subió y dio una vuelta. Hacía ruido porque los plásticos delanteros no tenían los tornillos colocados. Preocupada, se acostó a dormir, pensando que le podrían haber “tocado” el motor. Cuando se levantó, volvió a encenderla. Su hermano, más chico, le había acomodado los plásticos. Entonces, escuchó la moto y se quedó más tranquila.
—Está serenita —dice ahora ella, unos días después.
No hay resultados para mostrar.
Todos los derechos reservados.
v2.13.2
