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Las historias más hermosas y más tristes que me han contado

Este jueves 11 de junio comienza el Mundial de Fútbol y, acá, hablamos sobre ese juego que juegan tantos.

No quiero que nadie me invite a hacer nada los lunes por la noche. No quiero estar invitado a un cumpleaños ni a una cena ni a un viaje. No quiero estar de vacaciones en otra ciudad. Quiero estar acá, en esta ciudad, en mi casa, porque es la única manera de que esté, después, donde quiero estar, en una cancha de fútbol. Digo esto ahora que no queda nada para que comience el Mundial y no quiero ni puedo dejar de pensar en lo que me pasa los lunes, cuando juego, cuando imagino que soy quien podría haber sido si hubiera tenido el talento o la suerte, tal vez, y cuando imagino y creo que soy mejor de lo que —seguro— soy. Esos lunes, míos, quiero que pase la tarde rápido, que se termine la espera. Quiero ponerme esa remera tan vieja y ese short tan corto que, me dicen, parece un bóxer. Quiero ponerme esos dos pares de medias agujereadas y ajustadas y estos botines negros que me quedan apenas grandes. Quiero salir y estar donde estoy los lunes desde hace unos años a las nueve de la noche. No quiero tener un miedo y unos nervios absurdos e incomprensibles por el partido aunque los tenga y quiero, acá, ya en la cancha de fútbol, mientras converso con mis amigos, fumar un cigarrillo. No quiero que haga frío. No quiero elongar. No quiero que, de pronto, cuando estemos por empezar a jugar, nos demos cuenta que alguien de nuestro equipo o del rival no vino. No quiero demoras. Quiero que seamos nosotros siete y que en frente estén los otros siete. Quiero que empecemos y estar en este costado, el izquierdo, aunque mi pierna hábil sea la derecha. Quiero tener la pelota en los pies, la quiero conmigo y la quiero con mis compañeros, quiero entregarla rápido y con cuidado, atento, cuando sea el momento de darla, en el instante justo. Quiero que todos, acá, jueguen en serio, como juega un niño, con el compromiso que tiene un niño cuando juega. Quiero que nos enojemos como un niño al que le interrumpen el juego cuando nos quitan la pelota, cuando no sabemos qué hacer con la pelota, cuando no podemos tener la pelota. No quiero que se interrumpa el juego. No quiero que rompamos el juego. Quiero hacer goles, pero quiero —mucho más— hacer que otros los hagan. Quiero ser inteligente. Quiero ser una digna sombra. Quiero ser un imprevisto. No quiero que termine el partido nunca y quiero que termine cuando estamos empatando y cerca de perderlo. Quiero ganar y no saber qué gano. Quiero victorias cómodas y quiero, sobre todo, victorias difíciles que me hayan mostrado imprudente y agresivo. No quiero las derrotas, pero quiero el silencio que le sigue a las derrotas. Quiero la tristeza y la vuelta a casa. No quiero la culpa. Nunca la quiero y cada tanto la siento. No quiero lesionarme. No quiero imaginar lo que es no jugar, si quiera, por apenas unas semanas. No. Quiero seguir creyendo que seguiré siendo un chico de treinta y pico que nunca dejará de ponerse la remera tan vieja y el short tan corto. Quiero volver cada lunes. Quiero esa hora, ese recreo, ese cuento que nos volvemos a contar cuando terminamos de jugar y que nos seguimos contando los días siguientes, discutiéndonos, exagerándonos, mintiéndonos un poco. Quiero los chistes. Quiero esta ficción. Quiero ese cuento de cada lunes porque en las canchas están las historias más hermosas —y más tristes— que a mí me han contado. 

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