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La cicatriz se acuerda de la herida

Cuando Argentina venció a Suiza y clasificó a semifinales, yo estaba en un bar, como en cada partido, anotando cosas que pensé que servirían para algo. Sin embargo, solo se volvió necesario el próximo partido porque nos sirve, como nunca, que sea contra ellos: los ingleses.

Para mí, que anoto cosas, tal vez sirve todo esto. Sirve que en este bar, por alguna razón, la pantalla del televisor donde se transmite el partido entre Argentina y Suiza quede negra justo antes de que comience. Sirve que suceda dos veces y que uno de los clientes, al que le han dejado el control, no sepa qué hacer. Sirve imaginar que, quizá, el hombre presionó algún botón. Sirve que una mujer se ponga pie y vaya a buscar al mozo, que lo resuelve. Sirve que esa mujer le pida garantías de que no volverá a pasar. Sirve que después le diga: “Mirá que te estoy por hacer el pedido”. Sirve que rápido, Argentina, haga un gol. Sirve que la hija de la mujer, de diez años, no quiera hacer sonar la vuvuzela para alentar. Sirve que tampoco la haga sonar la mujer ni su otra hija más pequeña. Sirve que lo haga, entonces, sin ganas, el marido. Sirve que el marido esté con ellas aunque quisiera —parece— estar solo. Sirve que no hable. Sirve además que, durante un buen rato, después, no pase nada. Sirve estar —o fingirse— despreocupados.

 

Sirve el entretiempo y ese hombre que, mientras fuma, dice: “No me gusta cómo están jugando”. Sirve que sea lo único que diga. Sirve que la mujer, la madre, se ponga de pie y empiece a preguntarle a los clientes cómo terminará el partido.

 

Sirve que rápido, a Argentina, le empaten el partido, y sirve que la hija de diez años llore. Sirve que la madre deje su silla y se siente con ella. Sirve que no le diga: “No llores”. Sirve que, en cambio, le diga: “Vamos a ganar”. Sirve que, en ese momento, en que ellas están juntas, dándome la espalda, la madre se de vuelta y pida que fotografíe esa escena con el celular. No sé por qué sirve, pero sirve y también sirve que su otra hija, quizá de unos cinco, se aburra y se queje. Tal vez sirva que en este bar haya diez personas, cuando podría haber más de cincuenta. 

 

No sirve, de todos modos, pensar en esto: en todo esto. 

 

Para mí, que anoto cosas, tampoco sirve pensar en la posibilidad del alargue contra Suiza y menos sirve pensar en los penales porque en esa instancia no se puede pensar. Sirve, más bien, dejar de pensar, incluso días después, cuando Argentina haya ganado y se sepa que el próximo partido, en las semifinales del Mundial, será contra Inglaterra. 

 

Solo sirve que el partido sea contra Inglaterra. Y sirve encontrarse, de pronto, con el verso de un poema que dice: «La cicatriz se acuerda de la herida». 

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