Esta historia que recién empieza
La gente que llega antes, una hora antes. La que llega media hora antes. La que llega tarde. La que llega bastante tarde. Algunas caras ligeramente inclinadas hacia la pantalla que tienen arriba, no demasiado lejos, y otras inclinadas hacia la pantalla de los teléfonos, bien cerca. El bar. Este bar que se llama «Me Mola». El silencio escaso y el barullo permanente. Entonces, el gol nuestro, del hombre tan nuestro, el gol que todos creen porque nadie comprende de inmediato que no ha sido por offside. Y los gritos y, con los segundos, la decepción. Entonces, tan poco después, el gol contrario y lo inverso: la decepción porque no puede ser posible que estén ganando los otros y, con los segundos, los gritos porque todos comprenden que tampoco ha sido gol, también por offside, y menos mal que no.
En el medio, la confusión. Porque el fútbol, en los bares, aturde y convence.
El ruido de los platos, los vasos y los cubiertos. Las hamburguesas, las papas, las pizzas. Las pocas camisetas argentinas en este bar. La cantidad de mujeres en este bar y esa mujer que llegó hace rato sola. La idea —mi idea— de que está esperando a alguien, pero no. La bandera de argentina que ella lleva pintada en las mejillas. Los dos celulares con los que se graba y graba la pantalla en la que se proyecta el partido para publicar en sus redes el partido propio. Y, en el partido, los goles del hombre tan nuestro. Las cervezas tiradas que sirven las mozas, gratis, por cada gol del hombre. La irracionalidad de ese hombre llamado Lionel Messi y su segundo gol. Ni el primero ni el último. La repetición de ese segundo gol en la que es posible ver lo que no se puede ver en el momento en que lo hace. La manera en que decide —después de un rebote del arquero argelino— no asegurar. Quiero decir, la manera en que él decide que, lo que hará, será sutil, imperceptible, suficiente. Porque él, a apenas metros del arco, no usa el empeine ni la fuerza para que el arquero no tenga alternativas, sino que con el cuerpo —con el movimiento del cuerpo— descompone una idea previsible y siendo zurdo abre el pie derecho, calibrado, para que también, y de un modo tan distinto, el arquero no tenga alternativas. Más tarde, no quedará demasiado. Messi será reemplazado y en este bar habrá aplausos. Yo miraré la pantalla y le sonreiré a ese hombre, lo querré a ese hombre. Más tarde será esta madrugada, la del miércoles 17 de junio y la Selección Argentina, en su primer partido del Mundial, le habrá ganado a Argelia tres a cero, con tres goles de Messi. Las mozas repasarán las mesas cuando solo queden algunos fumando afuera y yo estaré pensando en los principios. En eso pensaré, en esta historia que recién empieza, en cómo pudo haber empezado así.
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