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Creímos en esa mujer

Cuando Argentina perdía dos a cero contra Egipto, ella salió del bar a fumar. Llegó el primer gol de la selección y la mujer se quedó ahí, afuera. Llegaron, entonces, los demás.

Cuando a Messi le atajan el penal con el que Argentina podría haber empatado el partido ante Egipto, el tipo que relata y al que todos escuchan en la pantalla de este bar, dice: “Aquí no ha pasado nada”. No sé si alguien cree, en serio, que no haya pasado nada.

Cuando los jugadores egipcios hacen el segundo gol, el tipo que relata el partido en la pantalla de este bar no sabe qué decir o, tal vez, prefiere callarse unos minutos. “Todavía falta mucho”, dice después ese tipo que relata y no sé si alguien, en este momento, puede creer que falte mucho. Quedan menos de veinte minutos y no sé si alguien, ahora, puede creer que haya tiempo para algo. Ese hombre, por ejemplo, no debe creer.

—La cuenta, por favor —le dice a la moza.

Ella, por ejemplo, quizá tampoco crea. Por eso, quizá, aproveche estos minutos que quedan para dejar la mesa, donde están su pareja y una niña, y salir a fumar. Lo que no sabe es que cuando salga no volverá a entrar al bar: se tendrá que quedar ahí, de pie, en la vereda, hasta el final. Otra mujer, que se pasa la mano por la frente, está con un hombre que parece estar en otra parte, solo, incomunicado. Los demás siguen sentados y la mayoría mira el televisor como si mirara a una virgen.

Cuando Argentina hace el primer gol, y quedan diez minutos para que se cumplan los noventa reglamentarios, algunos empiezan a creer que tal vez es cierto y todavía falta. Él, por ejemplo, la pareja de la mujer que salió a fumar, le grita desde la mesa.

—Te quedás ahí.

Ella hace caso y se queda ahí, asomada a la puerta del bar para ver el televisor.

Cuando Argentina hace el segundo gol, todavía falta, pero cada vez menos. Algunos se acomodan para esperar el alargue. Otros —de alguna manera— creen que puede haber un tercer gol y hacen lo posible para que llegue. Él, por ejemplo, vuelve a mirar a su mujer, que sigue afuera.

—No volvés a entrar —le dice.

Entonces llega el gol último. Todos gritan y festejan. Varios la miran a ella también. La mujer, apenas termina el partido, entra al bar.

—Soy cabulera —dice y se abraza al hombre y a la niña.

 

No sé si alguien, en ese momento, no creyó en ella, en que ella, desde la vereda, lo hizo.

 

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