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Cambia algo en la calle cuando todos están juntos, contentos, eufóricos, convencidos

Por el último partido de fase de grupos, Argentina venció a Jordania 3 a 1. Leé la crónica sobre esa noche, sobre lo que pasó en Villa María.

Esa pareja podría estar callada, sin mirarse, sin tomarse de las manos. Él podría no pasarle la mano por la espalda. Ella podría no recostarse sobre su hombro. Él y ella podrían ser dos desconocidos. Podrían no querer interrumpirse a sí mismos. Aquella pareja, también, podría estar en silencio. Ese grupo de tres amigos podría estar tenso y no mirando los celulares. Alguien podría estar nervioso. Alguien podría golpear una mesa. Alguien podría pararse o gritar o agarrarse los pelos. Alguien podría cerrar los ojos. La mayoría podría no ir al baño, como lo están haciendo. Es medianoche, Argentina juega contra Jordania el tercer y último partido de fase de grupos. La Selección ya está clasificada a dieciseisavos del Mundial y este bar, donde hay poca gente y pocas camisetas de la selección, es sobre todo un bar. Hay hombres y mujeres que comen, que charlan, que beben. Hay gente que entra al bar a pedir dinero o comida y hay muchos que decimos que no, gracias. Hay pizzas y alguna hamburguesa. Hay tortas y postres como tiramisú. Hay cervezas y tragos en vasos anchos. Afuera, casi no hay gente. Hace frío y un tipo que vende sahumerios mira el partido a través del vidrio de otro bar. Adentro, acá, hay un hombre borracho que empieza a hablar con otro hombre y no se entiende qué le dice. Hay gente que sigue llegando al bar y entre esos que llegan tarde hay alguien que pide un café. Hay, todavía, partido por delante y ya hubo dos goles que se aplaudieron sobrios, parcos, precarios, como si se estuviera aplaudiendo a alguien que ha venido a tocar la guitarra. Queda menos para que termine el partido y cuando quedan diez minutos, Lionel Messi mete el tercer gol argentino y los aplausos son más desprolijos, pero solo eso. Después, es el final. Argentina gana 3 a 1 y el bar se vacía. Queda lo que hubo durante estas dos horas: el tedio y la calma de una noche cualquiera. Pero algo cambia. En la calle, en frente, en Plaza Centenario y en medio de la madrugada empiezan a llegar los bocinazos de los autos, de las motos, de las camionetas y los gritos de los amigos que llevan jarras de fernet y los saltos de las mujeres con las caras pintadas y las familias que caminan con sus hijos pequeños envueltos en banderas. Cambia algo en la calle, cuando todos están juntos, contentos, eufóricos, convencidos.

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