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Aquellos días sobre los que hablaremos siempre

No hay que estar preparados para recibir un gol. Hay que recibirlo y no más. Hay que indignarse, pero permanecer. En los bares se aprende eso: la espera se aprende. Argentina venció a Inglaterra, está en la final del Mundial y esa tarde te la contamos acá.

En un bar en el que es difícil encontrar una mesa libre hay que aceptar la invitación de cualquiera, de un hombre desconocido como ese, que levanta la mano para avisar —sin decir nada— que no tiene problema si alguien quiere sentarse con él. Se puede, o no, sacarle charla. Si habla, hay que escucharlo y hay que responderle, aunque sea con gestos, aunque sea cabeceando para contestar que «sí» o que «no». No hay que preguntarle el nombre a él ni a nadie. Si el mozo no aparece, hay que buscarlo y pedir algo para tomar. Después, hay que dejar que pase todo aquello que puede pasar mientras se juega un partido de fútbol de un Mundial, una semifinal como la que está por jugarse, entre Argentina e Inglaterra. Hay que dejar que siga llegando gente. Hay que ver cómo algunos alcanzan a acomodarse sobre cajones de cerveza y cómo los demás saben —y comprenden— que deberán quedarse de pie, al fondo o a un costado, hasta el final. Hay que escuchar el himno y aplaudirlo. Hay que envalentonarse con las últimas estrofas. Y cuando los jugadores están listos y el árbitro también y ya es momento del inicio, en el bar hay que acomodarse otra vez, moverse un poco sobre la silla o, en caso de estar parado, transferir el peso de un pie a otro, por ejemplo. Hay que hacer esos cambios, mínimos, como si alisáramos una arruga pequeña. Hay que hablarle a la pantalla del televisor, además. Hay que callarse de a ratos y golpear la mesa si algo no gusta. No hay que estar preparados para recibir un gol. Hay que recibirlo y no más. Hay que esperar y saber que algunos no pueden esperar. Hay que ver cómo el hombre que estaba solo, entonces, se va. Hay que pedir algo más para tomar. Hay que indignarse, pero permanecer. En los bares se aprende eso: la espera se aprende. Hay que mirar cómo esperan los demás y cómo espera uno mismo. Hay que entender, sin embargo, que no será posible hacerlo. Hay que creer que todo aquello que podrá pasar ahora dependerá de nosotros inmóviles, de estos últimos minutos. Hay que creer porque alcanzará y habrá dos goles nuestros que alcanzarán para entender cosas que no sabíamos: que una garganta no puede romperse, por ejemplo. Y que alcanzarán para seguir recordando otras cosas: que tenemos un lugar del que no nos olvidaremos nunca, que tenemos días sobre los que hablaremos siempre. 

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